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Diario de un viaje - Zinguinchor - Primera parada

Dicen que África engancha. Puede que por su fauna, su geografía, por sus tradiciones ancestrales, sus paisajes, su naturaleza salvaje, o como en el caso de Senegal, por la hospitalidad de sus gentes. Bienvenidos a la puerta de la África subsahariana

No es la primera vez que visito la África negra. El año pasado emprendimos Vasvas y yo un viaje a uno de los países más despoblados y bellos del mundo (siempre subjetivamente), Namibia.

Este año, hemos decido ir a otro país, esta vez, para conocer a sus gentes, a familiarizarnos con una cultura y a comprender las razones que llevan a miles de senegaleses a abandonar su precioso país y buscar fortuna cruzando el estrecho o navegando en ínfimas condiciones a las costas de Canarias.

La llegada a Dakar de noche resulta desconcertante. Prefiero no hablar de ello. Dormimos en un cuchitril y nos levantamos temprano para ir al sur. La Casamance tiene a menudo connotaciones negativas. Se trata de una región apartada del resto de un país dividido en dos por Gambia. La región tiene afán independiente y la prensa habla más de la muerte que de la vida por la existencia de rebeldes. De todas formas, nos han dicho que es seguro e ir con gente local te suele sacar de problemas. Dejando de lado los problemas de la región, se trata de la más hermosa de Senegal, sin duda alguna. Exuberantes paisajes tropicales, suelos fértiles, innumerables vías fluviales y una cultura única y enriquecedora como es la de los Diola, la tribu más numerosa de la zona. La sorpresa la tenemos cuando descubrimos nuestro avión. Un pequeño avión a hélices para doce personas. Vemos cómo meten las maletas pero no sabemos dónde irán porque éste no tiene bodega. Al entrar en la cabina rezamos a todos los santos. No sabemos si esto aguantará nuestro peso. Me toca el primer asiento, junto a los pilotos que se dan la vuelta cada dos por tres para preguntarme si voy a gusto. Por supuesto, no hay puerta entre cabina y pasajeros. Las vistas sobre el río Gambia, los manglares, la selva y el río Casamance me hacen olvidar el miedo.

Su capital Zinguinchor, es la puerta de entrada en la región, una evocadora capital en la que todavía quedan algunas elegantes casas coloniales. Un primer contacto así bien merece la pena. La primera sensación que tenemos es de desastre. Desorganización, calles sin asfaltar, podredumbre… pero ¿no es eso África? Dejamos las cosas en nuestro hotel y nos disponemos a visitar la ciudad a pie. Pasear por sus mercados y puestos callejeros con todos esos colores, ese ajetreo comercial que poseen todas las ciudades que suponen una encrucijada es de lo más apetecible. Las calles repletas de camiones y car rapides, se convierten en un escenario de colores infinito. Ya hemos cambiado nuestra percepción de la ciudad.

Tras un rato de paseo, conversaciones con las personas que nos cruzamos, negociaciones de precios, llegamos a la Alliance Franco-Sénégalaise, un espacio que es, sin duda, el edificio más espectacular de Zinguinchor. Un gigantesca casa à impluvium decorada llamativamente de motivos coloristas de Casamance y ndebele de África del Sur. En su interior hay exposiciones, conciertos y bar-restaurante. Genial para cobijarte del abrasador calor en las hora puntas del día. Mi camiseta parece ya una esponja convertida en segunda piel, mi cuello abrasa y eso que está nublado y mis manos sudadas hacen que casi se me resbale repetidamente la LCA. Menos mal, que la agarro fuerte.

Poco a poco llega la tarde, pero la temperatura no cae. Andar por la calle se convierte en un infierno. Y más después de la suculenta comida basada en pescado, marisco y arroz, pesa en el estómago. El calor, para unos del norte como nosotros, es como una losa que te abotarga los músculos. El aliento cada vez es más difícil tomarlo y las piernas, cansadas de sortear baches, toman direcciones que nuestras mentes no controlan. Aún así aprendemos cosas nuevas de camino al hotel, nombres de árboles que sólo existen aquí y que nos acompañarán el resto del viaje, frutos exóticos y olores tropicales.

Cada minuto, alguien nos saluda y nos pregunta de donde somos. Todos están enamorados de España desde que somos campeones del mundo de fútbol y no son pocos los que llevan puesta la roja, o la camiseta del Barça o del Madrid, orgullosos como están de que el país más africano de Europa haya ganado el título, aunque sus camisetas estén rasgadas, viejas y sucias. Los niños se acercan, nos tocan. Quieren ver de qué estamos hechos, nos agarran de la mano y nos acompañan en el camino. Observan cada movimiento que haces y te sonríen, te sonríen como si fuera la primera vez que ven a un blanco. Sus sonrisas te hacen pensar que un niños, aún viviendo en esas condiciones, mantienen la sonrisa, la inocencia y cualquier juego que les propones les hace reír a carcajadas.

Finalmente, tras el paso por la casa de los familiares de nuestro guía local, subimos a un taxi que nos lleva al hotel. En Senegal hay que negociar todo, y sobre todo una carrera de taxi. La experiencia dentro es casi religiosa. Un taxi que se cae a trozos, tunneado imágenes de ídolos dentro y pegatina fuera, con el parabrisas a punto de caer. Nos para la policía, el coche es legal, y seguimos adelante. La música senegalesa, nos hace incluso bailar dentro del taxi. En nada, llegamos a nuestro destino, lástima.

Llegamos al hotel y no podemos hacer otra cosa que tras la paliza, bien merecemos un baño. Será la primera y última vez que tengamos la oportunidad de finalizar el día con un baño en una piscina. Lo aprovechamos al máximo. Tomo el Krab y me lanzo al agua. Está caliente pero aún así resulta refrescante. Vasvas y yo hacemos el tonto un rato con la cámara pero en nada, los niños se acercan y me piden que les saque fotos… lo hago… saltan, chapotean, mirán la cámara y medio discuten por salir en la foto. Luego me piden que les deje la cámara, lo hago. No saben ni a qué disparan pero se lo pasan en grande disparando al aire. Unos adolescentes juegan a tirar a los demás al agua. Son adolescentes pero ya tienen cuerpos de atletas.

El tiempo pasa deprisa y ya está anocheciendo. Las vistas del Río Casamance que navegaremos los siguientes días, son impresionantes desde el muelle. Cae la noche y los sonidos de las aves nos relajan hasta caer dormidos. Es nuestro primer día y el viaje promete. Queda aún mucho por ver, disfrutar y sufrir.

escrito por disdis

5 comentarios

  1. jaalvarez

    jaalvarez

    ¡Aquí están!
    Para los que no hemos ido de vacaciones, (... bueno, y también para el resto ...) aquí tenemos un paseo por África, sin movernos de la silla ...
    ¡¡Felicidades por el artículo!!
    ¡Gracias por compartirlo con todos!

    Hace alrededor de 4 años · marcar como spam
  2. vgzalez

    vgzalez

    Un relato excelente, conmovedor a veces. Las fotos, como ya te dije al colgarlas, absolutamente espectaculares. Gracias por llevarnos hasta allá.

    Hace alrededor de 4 años · marcar como spam
  3. mochilis

    mochilis

    Bravo!!! Estoy esperando ya la segunda parada.

    Hace alrededor de 4 años · marcar como spam
  4. makny

    makny

    Me encanta, se me salieron las lágrimillas de cocodrilo con esta parte "Los niños se acercan, nos tocan. Quieren ver de qué estamos hechos, nos agarran de la mano y nos acompañan en el camino. Observan cada movimiento que haces y te sonríen, te sonríen como si fuera la primera vez que ven a un blanco. Sus sonrisas te hacen pensar que un niños, aún viviendo en esas condiciones, mantienen la sonrisa, la inocencia y cualquier juego que les propones les hace reír a carcajadas." que bonitooo...

    Y las fotos son ESTUPENDAS!!!

    Hace alrededor de 4 años · marcar como spam
  5. warning

    warning

    jolin y a mi, con esa parte me han salido lagrimones, por Dios, me has tocado la fibra sensible.
    Precioso no, lo siguiente.

    Hace alrededor de 4 años · marcar como spam

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