Una pequeña historia de los tejados de BCN y la magia de una Holga 120
Todavía recuerdo que siendo una enana subía con mi amiga Estibaliz al tejado de su casa, a tomar el poco sol que la primavera de Vitoria otorga. Aquellos días escuchábamos el sonido del tráfico a nueve pisos de altura, mientras nos cocíamos muy a gusto sobre la pizarra negra. Era nuestro pequeño paraíso sobre el asfalto.

Supongo que ésta es la razón por la que hoy en día las azoteas me producen la sensación de volver al patio de recreo, la necesidad de jugar. Ya soy mayor y sigo subiendo a los tejados de Barcelona, dónde trato de captar toda esa luz mágica que los inunda.
Y siempre me sorprenden con regalos como éste, reflejos de un sueño, de un juego de mi infancia.
Leire Villar

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